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No pasa nada.

Mira, me sucede algo curioso con los europeos.

 

De hecho, para contarte esto, necesito contarte antes algo más.

 

Durante mi vida me ha sucedido en tres ocasiones ya, que mujeres de las que me he enamorado se han terminado enamorando de un italiano. Nada en contra, mira que veo el atractivo, lo exótico, la razón. No me estoy lamentando, es mero contexto, es para ponerte en sintonía. Así que bien, te decía: italianos.

 

Sucede que en una de estas ocasiones de amor no correspondido tuve a bien conocer al hombre. Un tipo alto, de uno ochenta y cinco, con cabello castaño claro rizado, hablando un español muy erótico, que subía cerros y conquistaba a toda mujer. Al menos eso era lo que yo pensaba.

 

Llamémosle Pierre, a falta de memoria y exceso de películas de mafia italiana en mi cabeza.

 

Bueno, conocí a Pierre en un bar, con más gente que solo nosotros tres. Era un cumpleaños o algo por el estilo, de alguna persona que vamos a omitir porque no es relevante para la historia. En todo caso lo importante es que tuve a bien hablar con Pierre durante poco más de una hora.

 

Hablamos sobre todo lo que lo hacía mejor que yo, físico aparte: subir cerros, andar en bicicleta por las costas europeas, su carrera antropológica, el dinero excesivo de su familia que él rechazaba parcialmente. Ya sabes, todo lo importante.

 

Y aquí es donde vamos al paréntesis de los europeos.

 

Y es que siempre me sucede, sin excepción, que al platicar con un europeo pienso «a éste le falta calle… si tan solo supiera todo lo que pasa por acá». Por acá, en Latinoamérica, evidentemente, porque jamás pensaría esto de un venezolano o de un colombiano, pero de un sueco, un español o un francés, casi siempre.

 

Así que de repente me vi inmerso en una plática con Jean Pierre (ya decidiremos si solo es Pierre o le dejamos el Jean) contándole de las fábulas, misterios y dificultades que sobrevivimos por vivir en México. Y todo para sentirme un poco más que él, a decir verdad.

 

Siempre sentí una suerte de superioridad por haber pasado baches. Y me he encontrado con que para muchas personas esto es igual. En mi caso, que he sobrevivido asaltos, crecí en un barrio donde tomábamos mucho desde chicos, corríamos de la policía y nos relacionábamos con personas que tenían historias de robos, drogas y pleitos, existía un ego de calle, un «soy mejor que tú porque lo he tenido difícil». O en todo caso «porque he visto lo difícil» para mí porque difícil lo que es difícil, a decir verdad, nunca lo tuve. En realidad siempre fui una persona que no cabía en ninguno de los extremos de la balanza. Para la gente de mi colegio, que era privado, era más bien un tipo callejero. Y para mis amigos de la cuadra siempre fui un fresa. Hablando de pertenecer.

 

El caso es que no lo tuve difícil, a comparación de gente que conozco, pero sí a comparación de Jean Pierre, y eso me provocaba una sensación de ser más, de merecer. «Míranos, aquí los dos, en el mismo sitio, pero yo vengo de más abajo». Tonterías que uno piensa. Y Jean Pierre Antonello tan buena persona; hablándome del mundo, invitándome cervezas y ofreciéndome ser amigos, a pesar de saber que estábamos enamorados de la misma persona.

 

Pero vayamos unos seis años hacia el futuro. De hecho, al día de hoy, sin importar cuándo leas esto.

 

El tema es que he venido pensando desde hace unas semanas en Jean Pierre Antonello, aunque solo lo vi una vez en mi vida. Quiero decir, no he pensado en él-él, he pensado en lo que él representa.

 

Algo se rompió dentro de mí recientemente, aunque muchas personas podrían argumentar lo contrario: que algo se reconstruyó, se volvió a pegar, cicatrizó.

 

Esta vez no sucedió con un europeo, sucedió con un viejo amigo de la primaria. Para él necesitaremos un nombre más bien mexicano. Pero mexicano acomodado, no mexicano-mexicano. Llamémosle Juan Pablo.

 

Bueno. Me encontré a Juan Pablo en una reunión y platicamos durante un par de horas. Juan Pa tuvo una vida bastante privilegiada. No quiero decir que no tuviera problemas, quiero decir que sus problemas eran de una categoría diferente.

 

Y recuerdo muy bien un día, en la secundaria. A Juan Pablo le robaron su celular; alguien lo sacó de su mochila mientras estábamos en el patio y él lloró mucho, con mucha angustia. Y yo pensé que lloraba porque al llegar a su casa algo pasaría… quizá lo iban a regañar o algo por el estilo, no lo sé… posiblemente algo peor. Y mira que en mi casa las cosas no eran así, no fue de ahí de donde saqué la idea. Yo crecí con bastante comprensión y amor alrededor de mí, pero veía lo que sucedía en otros sitios, como por ejemplo con mis vecinos.

 

Así que bueno, me angustió tanto el tema del celular de Juan Pablo que no pude dormir esa noche. Fue de las primeras veces que sentí un agujero en el estómago.

 

Al día siguiente le pregunté qué había sucedido con sus papás: ¿qué le habían dicho? Y su respuesta es uno de los momentos que más recuerdo de esa etapa de mi vida. Hizo un ademán con su mano, la metió a la bolsa de su mochila y sacó un celular nuevo. Incluso mejor que el que le habían robado. También me volteó a ver y me dijo con mucha tranquilidad —yo podía ver la paz que tenían sus ojos, ya no estaba para nada angustiado ni triste—: «me dijeron que no pasa nada».

 

No pasa nada.

 

Ahora que lo vi, le conté sobre este recuerdo y platicamos bastante sobre aquellos tiempos. Y me contó, como Jean Pierre Antonello, sobre sus viajes por el mundo, sobre sus hijos, sobre su forma de ver la vida positiva, llena de amor, llena de belleza. Pero esta vez yo no hablé sobre la calle, ni sobre salir y tomar, ni sobre ir en contra, ni sobre lo que he hecho yo. Esta vez me callé y escuché.

 

Por primera vez en mi vida comprendí que tengo mucho por aprenderles a los Jean Pierres y Juan Pablos Antonellos.

 

Mira, yo entiendo: privilegios, ¿verdad? Lo mismo pensé. Pero ese no es el punto. El punto es que antes veía el privilegio de estas personas desde un lugar de mucha envidia y antipatía. No lo sé, solo sucedió… No tengo razones lógicas para pensar por qué lo vería así.

 

Y la cosa es que ahora pienso diferente, pero a decir verdad tampoco sé cómo sucedió. He pensado últimamente en mi vida y la de mis amigos, incluso en la de mis familiares. Ha llegado  un punto de dejar de pensar que venimos a competir para ver quién lo tiene más difícil y comenzar a pensar lo contrario. Por lo menos eso es lo que me sucede a mí.

 

Entonces anhelas una vida fácil, de «no pasa nada», de paseos por la montaña y bicicletas por la costa de la playa.

 

Una vida de paz, de problemas que pasan como nubes y luego desaparecen.

 

Se van.

 

Nos dejan solos.

 

Pero nos dejan sabiendo que todo está bien.

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